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LOS PERSAS
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Cerca de Pasargada, en la región de Persis, se halla la tumba roquera de un rey poderosísimo. Una columna erguida en sus cercanías luce la inscripción: «Yo soy Kurush, el Aqueménida.» Veinte millas más al sur yacen las ruinas del esplendoroso palacio de los antiguos reyes persas en el semidesierto de Persépolis.

¿Quién fue ese Kurush (o Ciro, como solían llamarlo los griegos), cuyo nombre ha sobrevivido dos milenios y medio? ¿Quiénes fueron aquellos persas que habían descendido de las áridas montañas de Irán para fundar un imperio de la antigüedad cuya extensión superó todo lo que hasta entonces se había visto?

En el curso de las migraciones indoeuropeas, unas tribus guerreras habían atravesado el Cáucaso y habían tomado posesión, hacia 1900 a. JC., de los ralos pastos montañosos y mesetas de un país que llamaron «Eiran» o «Irán» -patria de los “arios” o “puros”-. Esos pueblos adoraban el fuego purificador y su origen, el disco solar llameante, dador y destructor de la vida.

En los siglos anteriores, cuando los ante-pasados de los persas habían intranquilizado las montañas, hecho inseguros los caminos comerciales y emprendido una y otra vez campañas de saqueo, existieron ya en los ricos valles fluviales de Mesopotamia, sobre todo en las regiones de las desembocaduras del Tigris y del Eufrates, culturas urbanas ricas y florecientes. Los pueblos allí asentados eran de origen semítico. Sus ámbitos de dominio basados en el cultivo de regadío, la artesanía y el comercio produjeron religiones mágicas o míticas, altos conocimientos de astronomía, geometría, medicina, pero también testimonios de una literatura y una filosofía conservada mediante la escritura cuneiforme. Así habían surgido hacia 2900 a. jC. La gran cultura sumerioacadia, y desde 1962 (hasta ca. 1600) a. jC. la paleobabilónica.

Los nombres de lugares como Borsippa, Eridú, Susa, más tarde Babilonia, Isin, Lagash, Eshunna o Kish relumbraban hasta Egipto, la tierra de los fenicios y Asia Menor. El comercio ponía en relación los ámbitos culturales mesopotámicos con los del Pandjab en los afluentes de la gran arteria que es el Indo.

En todos los tiempos recorrieron Mesopotamia las tormentas, como la invasión de los hurritas semíticos o los hititas indogermanos. Pero el país de entrerríos no quedó sometido a una amenaza duradera hasta 1116 a. jC., cuando en los cursos, altos de los ríos se alzó Tiglatpileser I, rey de los asirios. Dichos asirios eran un pueblo belicoso mestizo de semitas mesopotamios y la población autóctona del norte. Se conquistaron un gran imperio que alcanzaba hasta Siria, Chipre y Asia Menor. Asiria significaba violencia y sometimiento sin limitaciones, deportación de los vencidos, trabajos forzados en la construcción de las inmensas fortalezas y ciudades palaciegas asirias. Así surgieron las capitales de Mari, Nínive y Assur. Hacia el 746 a. jC., ese terrible sistema de poder de los soberanos asirios tomó posesión también de Babilonia y la Mesopotamia meridional.

Una alianza de Babilonia con el pueblo montañero predominantemente ario de los medos produjo en 712 a. JC. el asalto de la odiada Nínive, en el que también se hundió en los escombros la "biblioteca de Asurbanipal» , vuelta a excavar más tarde. Para muchos pueblos, dicho acontecimiento significó la libertad, pero para el desgraciado Israel, el que a la terrible "prisión asiria» (721) siguiera la "prisión babilónica» bajo Nabucodonosor (587).

A las tribus iranias les surgió en la persona de Ciro II, el Aqueménida, un gran caudillo. Su energía logró unificar los grupos dispersos y vencer a los hasta entonces aliados medos. El arma principal de los persas era una caballería armada de cota imbricada, yelmo cónico, lanza y espada, a la que nadie era capaz de resistir.

En 546, después de su victoria médica, Ciro sometió paso a paso todos los pueblos anatolios que en tiempos habían dependido de los medos o habían estado en relación con ellos. Avanzó como un viento huracanado hasta Sardes, donde tomó prisionero al rey de los lidios Creso.

Con ello se convirtió en protector también de las ciudades coloniales griegas a orillas del mar Egeo; Mileto, Efeso y Focea, al igual que una docena de otras plazas jonias, tuvieron que admitir entre sus muros sátrapas persas.

Como el rey Creso había pactado alianzas, antes de su lucha con los persas, con los babilonios y egipcios, Ciro se dirigió inmediatamente contra estas potencias.

La caballería persa entró victoriosa en 539 en la conquistada Babilonia, y todas las provincias del imperio neobabilónico hasta el Mediterráneo entraron a formar parte del nuevo imperio.

Con esa ocasión, Ciro licenció los israelitas a su patria. Cuando ya se había planeado una guerra contra Egipto, Ciro cayó en el año 529 a. JC. en un combate de caballería sin importancia. Le sucedió su hijo Cambises II, un tirano apasionado, violento y dado a la bebida que se puso en marcha inmediatamente contra el reino de los faraones sobre el Nilo. Su ejército se adentró en el delta en 525 a través del Pelusio; también Egipto se convirtió en provincia persa. Más aún, los regimientos de ocupación persas cabalgaron hasta Etiopía, el reino de Kush; Libia y la Cirenaica reconocieron la soberanía de Cambises. Los países hasta el mar Caspio y el de Aral, hasta el Oxo y el Indo ya formaban parte del imperio.

El duro gobierno de Cambises sólo duró siete años; entonces murió durante una conjura en Babilonia de una muerte tan repentina como misteriosa. Los persas eligieron nuevo rey de reyes un pariente suyo: Darío I, hijo de Histaspes.

Dicho Darío atravesó como militar el Helesponto y avanzó hacia el Danubio inferior para combatir contra los salvajes escitas. Aquí y en el este de Asia Menor, los persas toparon con los griegos.

Se enfrentaban dos mundos: Asia y Europa. El imperio persa era de un despotismo oriental, de reyes divinizados y poderosos; en Grecia, por el contrario, había ciudades estados independientes con democracia, la preocupación por la dignidad humana y libertad. Mientras los persas vivían sometidos a los magos y a los mitos religiosos, los griegos habían comenzado a regir su vida por la razón, es decir los conocimientos de la filosofía y la ciencia.

En 510 a. JC., las ciudades jonias en el Egeo se alzaron contra el imperio mundial persa. Atenas las apoyó. El enano osaba enfrentarse al gigante.


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